Muchos se preguntan cómo el tatuaje ha cobrado tanto impulso en nuestra época. Si bien es una práctica milenaria, asociada a los ritos de iniciación en diferentes culturas primitivas, hoy se ha convertido en una moda de consumo masivo, como signo de diferentes grupos de jóvenes.
En nuestra cultura occidental, la adolescencia es un tiempo de crecimiento y de grandes cambios. Es un pasaje de la niñez a la vida adulta.
Para aliviar la intensidad de esta transformación, los jóvenes buscan estar en grupos, ya sea por un interés en común (música, vestimenta, ideas políticas, etc. ) o simplemente por la necesidad de compartir sus sueños, ideales, odios...
Frente a los violentos cambios culturales y a la falta de respuestas de la sociedad, el tatuaje ha retornado como “marca en el cuerpo” a modo de una referencia. Cuando todo cambia y parece efímero, surge la necesidad de que algo permanezca inalterable y eterno.
Resumiendo: el joven adolescente, en búsqueda de su identidad, usa el tatuaje como una forma de expresión a través de una imagen grabada en su cuerpo, representando así también su manera de igualarse a sus pares y diferenciarse de otros. Es como si dijera: “Con esta marca, soy yo, para siempre y con mi grupo, fuera de la familia”.
Para finalizar, podríamos decir que así, como el ombligo es la marca perentoria del nacimiento, el tatuaje es la marca inalterable de un segundo nacimiento: el de la vida adulta.



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